Apenas nacemos y abrimos los ojos por primera vez, vemos nuestro primer rayo de luz, sentimos nuestro primer resplandor en la cara, y sentimos la protección de nuestros padres, es como si estuviéramos siendo fichados desde muy pequeños para jugar en las canteras de un equipo de fútbol.
Luego, cerramos los ojos y caemos en un sueño profundo, y cuando nos despertamos ya estamos en cuarto recibiendo ordenes y consejos de nuestros padres, hablándonos de lo bueno y lo malo de la vida, de las situaciones que se nos podrían presentar y como enfrentarlas. Hecho semejante al de un entrenador dándole las indicaciones a sus jugadores previas al partido: ataquen por derecha o por izquierda, presionen en el medio campo, cuiden las bandas, aprovechen el juego arreo, etc.
Posteriormente, en otro abrir y cerrar de ojos, estamos caminando en el tunes que nos conduce al terreno de juego, es decir, al juego de la vida. En este túnel caminamos lentamente, tratando de recordar las indicaciones que nos habían dicho nuestros padres; algunos andan concentrados, seguros de si mismos y con ganas de salir a jugar. Otros, sin embargo, caminan con nerviosismo y preocupados, porque no saben que les espera fuera del túnel. Lo cierto, es todos caminamos con una gran incertidumbre por ese gran pasaje que parece interminable, pero que al final se ve una luz y se escuchan los gritos de público.
Después de un parpadeo, ya estamos dentro del terreno de juego, saludando y estrechando las manos con nuestros compañeros, que jugarán con nosotros el mismo partido, y con nuestros rivales que tratarán de ponernos obstáculos para que no anotemos un solo gol.
De repente, todo se queda en silencio, observamos de una manera más lenta todo, y es cuando la adrenalina o el pánico se adueñan de tu cuerpo, parece que no te pudieras mover, hasta que por fin suena el pitazo inicial, y quieras o no tienes que empezar a correr, a jugar el juego de la vida.
En principio, te sientes tímido, pero poco a poco vas adquiriendo confianza a medida que tienes roce con el balón. Hasta que llega el momento en que cierras los ojos nueva mente y cuando lo abres, ya te han anotado un gol. Por supuesto, ese gol está acompañado de frustración, de lágrimas y enojo. En ese instante, sientes que la vida se te va, pero queda de nosotros levantarnos y seguir jugando para poder remontar.
Inmediatamente, empezamos a correr con más ganas, convicción y fortaleza. Y es que descubrimos que los goles en contra siempre son remontables. Por lo tanto, apenas cerramos los ojos y los volvemos abrir ya hemos empatado y hasta nos hemos ido arriba en el partido, por nuestros propios meritos, pero siempre recibiendo consejos de los entrenadores. Aquí, es cuando nos sentimos alegres, con ese nudo en la garganta que nos indica felicidad.
Mientras que en otro pestañeo, vemos el cronometro y ya han pasado 90 minutos, el juego para nosotros ha terminado, es tiempo de retirarnos del terreno, pero no de la vida, porque aun nos falta cumplir el rol de director técnico, para entrenar a las nuevas promesas, las generaciones de relevo que nos estarán sustituyendo en el futuro.
En este sentido, la vida solo dura 90 minutos. Por eso es ese tiempo debemos dejar todo en la cancha, dar el todo por el todo, jugar al máximo, y no perder las oportunidades. En conclusión deja la vida en la cancha, que la hinchada la está dejando en la tribuna.
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